Llevaba diez días con mis papás y mi hermano esperando al resto de la parentela en el terreno de Las Docas. Tres cabañas que mis tatas dejaron como herencia familiar, eran el centro de reunión de todo nuestro clan la segunda semana de cada febrero. Verano tras verano mi viejo se juntaba con sus dos hermanos que llegaban sagradamente con sus respectivas familias. En patota Íbamos a la playa, hacíamos asados, partidos de voleibol en la piscina, fogatas nocturnas, y tradicionalmente, aunque ellos no estuvieran, cada 14 de febrero celebrábamos con una gran comida, el aniversario de matrimonio de los tatas.
Fuimos con mi hermano a la playa, yo leí algo de Pedro Lemebel, él le declaró su amor por Skype a su eterna novia, repetimos esto hasta que bajó el sol y nos devolvimos al terreno porque debíamos ayudar a ordenar, la noche siguiente recibiríamos a los demás.
Cuando llegamos, nos encontramos con la sorpresa, Maximiliano, mi primo, había llegado anticipadamente en su moto con su novia de turno. Maxi, generalmente llegaba a las reuniones con una chica nueva. Ésta tenía una onda hipster, usaba una polera sin mangas, shorts de jeans desgastados, zapatillas sin caña y unas enormes gafas para leer acompañaban sus sexys pestañas.
Mi mamá ofreció jugo de naranja mientras dijo:
-. Hija; Bárbara (la “polola” de Max) dormirá en tu dormitorio, ya que hoy encontré unas arañas y mandé a fumigar las otras dos cabañas-. Era más que obvio que mis papás jamás permitirían que Max durmiera con su polola en la misma pieza.
Cenamos asado al horno. Maximiliano habló con mi papá y mi hermano todo el tiempo sobre las clasificaciones al mundial de fútbol. Después, ellos salieron a tomar una copa de vino al patio. Nosotras fuimos a lavar la loza. Sonó el teléfono, mi mamá contestó, tapó el auricular y dijo -. Es tu tía Rosa, terminen ustedes-. Así que yo empecé a lavar mientras Bárbara intentó secar.
Tomamos té todos juntos antes de ir a dormir. Bárbara y yo fuimos al dormitorio, ella abrió su maleta, sacó un pijama de short a cuadros, entró mi primo a escondidas, según él a darnos las “buenas noches”. Entré al baño de la habitación, antes les advertí que no se preocuparan por mí, ya que tenía la manía de darme duchas largas antes de dormir. Sonaba Valpolohizo de Chinoy mientras me jabonaba el pelo, se abrió la cortina, era Bárbara, el vapor de la habitación era lo único que la cubría.
¿Qué haces? puede entrar mi mamá-. Le dije, aunque lo único que quería era tenerla más cerca.
No te preocupes, ya vino y sacó de una oreja a tu primo, no volverá-. Contestó mientras entraba en la ducha conmigo y Chinoy.
Sin quererlo, mi primo me dio el mejor regalo para ese 14 de febrero. Discos enteros fueron cantados en las secretas duchas nocturnas, mientras de día nos llamábamos “prima” en los almuerzos de la familia.
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