A mediados de la última década, un rincón oscuro de internet parió un mito moderno: The Backrooms. La premisa era simple. Mediante un fallo en la realidad, una persona podía quedar atrapada en una dimensión infinita de pasillos vacíos, alfombras húmedas, luces fluorescentes que zumban sin parar y paredes empapeladas con un tono amarillo monocromático. No había monstruos explícitos en su versión original, provenía del tal vez, era el congelamiento eterno de ese segundo antes de que aparezca el monstruo frente a tus ojos, el cuerpo apretado esperando el ataque que podía o no llegar; en los backrooms el horror proviene de la ausencia, del aislamiento y de una inquietante familiaridad de espacios conocidos pero torcidos de una manera que no somos capaces de percibir en su plenitud.
Este fenómeno masificó un concepto estético y psicológico que hasta entonces flotaba en la periferia de la arquitectura y la geografía: los espacios liminales. Lugares de transición —aeropuertos vacíos, edificios de oficinas sin sus trabajadores, estaciones de metro con sus luces encendidas cuando ya no circulan los trenes— espacios que existen exclusivamente para conectar un punto A con un punto B. Cuando estos espacios se vacían de su propósito original y de la presencia humana, se vuelven profundamente perturbadores. Quedan suspendidos, congelados en el tiempo.
Pero no es necesario hundirse en los foros de internet para habitar un espacio liminal. A solo 120 kilómetros del centro político de Chile, existe una ciudad entera que opera bajo esa misma lógica de umbral, engaño y abandono: Valparaíso.
El laberinto de la desolación
Si The Backrooms desafía la geometría tridimensional con sus pasillos interminables, la geografía de Valparaíso hace lo propio en el plano físico. Sus cerros no configuran una ciudad amable; son un laberinto vertical de escaleras que mueren en la nada, callejones que giran sobre sí mismos en ángulos imposibles y pasajes donde la luz del sol rebota de forma extraña sobre las fachadas de las casas. El turista que se escapa de los sectores “turísticos”, a menudo experimenta esa misma desorientación de la leyenda cibernética: la sensación de haber roto la realidad y haber entrado a un lugar encallado en un pasado no en sepia, sino desgastado, donde las reglas del tiempo corren a su propio ritmo.
Valparaíso es, por definición, una ciudad liminal. Existe en los límites de todo. Es el borde costero, ganándole metros al océano y con el constante temor de que las olas lo quieran recuperar, no es ya la ciudad de comienzos de 1900, ni tampoco la urbe que quiere ser, somos la provincia que mira de reojo a la capital, la segunda ciudad más grande de Chile que, paradójicamente, es tratado como periferia. Es un espacio de tránsito eterno: barcos que llegan y se van, estudiantes que habitan sus pensiones por unos años, turistas que buscan la postal y huyen antes de que caiga la noche. Nadie parece quedarse del todo, y el Estado, menos que nadie.
Dos décadas de violencia pasiva
Es en esa liminalidad donde se gesta el verdadero drama de la ciudad. Valparaíso se ha transformado en el depósito de las «sobras de lo real», entendiéndose esto último como ese simulacro de hipermodernidad y orden que Santiago se esmera en proyectar. Mientras la capital se obsesiona con el cristal, el acero y la simetría, al puerto se le condena a quedarse con el residuo texturizado: el metal oxidado, la madera que cruje, el patrimonio que se quema.
Este escenario de decadencia no es un accidente geográfico ni un bache fortuito; es el resultado de un abandono estatal sistemático que arrastra, al menos, veinte años de indiferencia transversal. No es la culpa de un gobierno de turno, sino de una estructura centralista que ha decidido administrar la miseria del puerto en lugar de resolverla.
La mayor puesta en escena de esta hipocresía se yergue en el plan de la ciudad. El Congreso Nacional, un enorme bloque de cemento brutalista, que se instaló allí como una promesa de descentralización. Hoy es la metáfora perfecta del abandono: una burbuja de poder con vidrios polarizados donde los legisladores sesionan de espaldas a una ciudad que se cae a pedazos. El poder habita el puerto de martes a jueves, pero jamás se mezcla con su realidad.
El peligro de romantizar la ruina
Durante las últimas dos décadas, el Estado solo se ha hecho presente en Valparaíso a través de la gestión forense de la tragedia. Llega con cámaras y promesas cuando el subsuelo explota (como en la calle Serrano en 2007) o cuando el fuego devora los cerros de la periferia (como en el megaincendio de 2014). Una vez que las cenizas se enfrían y los matinales cambian de pauta, las mesas de trabajo expiran, los subsidios transitorios se diluyen y la tan ansiada «Ley Valparaíso» —que permitiría al puerto retener parte de la riqueza que genera para sus propias arcas— vuelve a quedar sepultada en un cajón ministerial en Santiago.
Para el centralismo, ha sido dolorosamente cómodo envolver este abandono bajo la retórica de la choreza del puerto, de la resiliencia porteña. Romantizar la precariedad es la mejor herramienta del poder para eximirse de sus responsabilidades. Aplaudir la fortaleza de los vecinos que lo pierden todo y vuelven a levantar sus casas con alambre, palos y latas es la forma en que el Estado maquilla su propia negligencia.
Valparaíso no es una postal bohemia ni un parque temático de la nostalgia; es una urbe viva que está siendo empujada al vacío. Dejar que la ciudad siga atrapada en este purgatorio liminal, congelada en un abandono crónico, es una decisión política. Si el Estado chileno sigue tratando al puerto principal como un laberinto olvidado que solo sirve para la nostalgia o la emergencia, llegará el día en que las cortinas metálicas que hoy se cierran en las calles Condell o Victoria no vuelvan a abrirse nunca más. Y Valparaíso, despojado de su futuro, terminará siendo exactamente eso: un inmenso, hermoso y desolado backroom a la orilla del mar, una ciudad habitada solo por el eco de lo que alguna vez pudo ser.
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