Sexo en el puerto: Desayuno de domingo

Autor:  Makarena Sanderson

Abrí las ventanas y perdí la mirada desde mi cama, esa casona de Yerbas Buenas mostraba un escenario insuperable, donde la luna brillaba sobre los techos que se dejaban caer en desnivel. Conseguí conciliar el sueño casi de inmediato, lo último que escuché fue el coro de Everyday is like Sunday de Morrisey. Me desperté luego con un sonido lejano, tomé mi celular y eran las 6:30 am, tenía más de cinco llamadas perdidas, la última fue justamente la que me despertó, pero no alcancé a contestar. Revisé mi whatsapp y tenía unos mensajes que decían:

  • ¿Estás durmiendo? (6:13)
  • No nos vemos hace una semana, ando por tu casa… (6:14)
  • Estoy caliente… (6:16)

Tenía sueño, pero era cierto, leer eso a mí también me ponía caliente. No hubiese podido escribir con un ojo medio abierto, así que le envié un audio muy corto que decía:

  • Trae el desayuno.

Casi treinta minutos después sonó el timbre, bajé a abrir la puerta de entrada. Le iba a decir “Hola”, pero no pude, comenzó a empelotarse ahí mismo. Me largué a reír, había dormido y mi dolor de cabeza se había esfumado, era la escena perfecta para mi desayuno de domingo.

  • Hey, wait. ¿No me vas a saludar? – Dije mientras recogía su polera blanca, al mismo tiempo en que ella subía con una sonrisa en su rostro, sacándose todo lo demás.
  • Ya, está. Déjate de tonteras, ya sabes a lo que vine-. Respondió mientras a la pasada tiró una bolsa encima del sillón.
  • Bueno, está bien. Voy por agua antes, ¿quieres un vaso? -.
  • ¿Te parece? Tanta escalera me dio una energía enorme pero no precisamente para querer agua. Dale, vamos a acostarnos – Se tropezó antes de jalarme del brazo izquierdo y cerrar de golpe la puerta de mi dormitorio.

Me sentí en cautiverio durante unos segundos, pero me resigné. Con toda seguridad podría afirmar que esa silueta era capaz de someter a cualquier individuo.

Como siempre, tuvimos muy buen sexo durante un par de horas, hasta que se quedó dormida. Mi cama la conocía tanto como ella reconocía a mi cama, su presencia daba cierto brillo a esos tonos tan opacos que amo llevar por las noches, noches que a ratos la luna llena de Puerto también lograba cubrir con sus destellos. Ahí, dentro de esa tela grisácea, a ratos me daba la sensación de que yo también la conocía. Fui por mi vaso de agua, me lo tomé en la terraza, el sol quemaba, lo saludé tres veces y luego me fui a dormir también.

  • ¿Quieres desayuno? – Me preguntó al oído, interrumpiendo mi sueño por segunda vez.
  • ¿Once? querrás decir- Corregí mientras aún no conseguía abrir los ojos.
  • Da lo mismo. El tiempo es relativo -. Sentenció.
  • Acepto un café entonces. Creo que no hay pan -. Respondí.
  • ¿Cómo que no hay pan? Yo traje pan en la mañana, ¿me pediste que trajera desayuno o no? -.
  • ¿El pan es desayuno para ti? – Le dije dándole mi espalda, en tanto me acomodé en posición fetal, disfrutando el regalonear con mis sábanas grises.

 

 

Autor:  Makarena Sanderson
Publicista/Escritora y noctámbula porteña

 

 

 

Fotografía: Maritza González 

Jorge Latrillle

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Jorge Latrillle

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