Autor: Makarena Sanderson
Abrí las ventanas y perdí la mirada desde mi cama, esa casona de Yerbas Buenas mostraba un escenario insuperable, donde la luna brillaba sobre los techos que se dejaban caer en desnivel. Conseguí conciliar el sueño casi de inmediato, lo último que escuché fue el coro de Everyday is like Sunday de Morrisey. Me desperté luego con un sonido lejano, tomé mi celular y eran las 6:30 am, tenía más de cinco llamadas perdidas, la última fue justamente la que me despertó, pero no alcancé a contestar. Revisé mi whatsapp y tenía unos mensajes que decían:
Tenía sueño, pero era cierto, leer eso a mí también me ponía caliente. No hubiese podido escribir con un ojo medio abierto, así que le envié un audio muy corto que decía:
Casi treinta minutos después sonó el timbre, bajé a abrir la puerta de entrada. Le iba a decir “Hola”, pero no pude, comenzó a empelotarse ahí mismo. Me largué a reír, había dormido y mi dolor de cabeza se había esfumado, era la escena perfecta para mi desayuno de domingo.
Me sentí en cautiverio durante unos segundos, pero me resigné. Con toda seguridad podría afirmar que esa silueta era capaz de someter a cualquier individuo.
Como siempre, tuvimos muy buen sexo durante un par de horas, hasta que se quedó dormida. Mi cama la conocía tanto como ella reconocía a mi cama, su presencia daba cierto brillo a esos tonos tan opacos que amo llevar por las noches, noches que a ratos la luna llena de Puerto también lograba cubrir con sus destellos. Ahí, dentro de esa tela grisácea, a ratos me daba la sensación de que yo también la conocía. Fui por mi vaso de agua, me lo tomé en la terraza, el sol quemaba, lo saludé tres veces y luego me fui a dormir también.
Autor: Makarena Sanderson
Publicista/Escritora y noctámbula porteña
Fotografía: Maritza González
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