Cerca del Parque Alejo Barrios, en uno de los espacios insignes de la República Independiente de Playa Ancha, yace una historia que pocos recuerdan. Es la leyenda de un cementerio que albergó los restos de miles de porteños y que, a lo largo de los años, ha sido borrado del paisaje físico y de la memoria colectiva. Sin embargo, las excavaciones y los hallazgos fortuitos de ataúdes y huesos han sacado a la luz un pasado que se resiste a desaparecer.
Un regalo para la vida, usado para la muerte
Todo comenzó con la generosidad de don Guillermo González de Hontaneda, quien en 1833 donó extensos terrenos en Playa Ancha para el “recreo y paseos de los ciudadanos”. Sin embargo, el crecimiento de la población y la saturación de los cementerios del Cerro Panteón forzaron un cambio de destino para estas tierras. En 1868, Playa Ancha se convirtió en el lugar para un nuevo camposanto, a pesar de ser considerado inadecuado por su proximidad a barrios habitados, terrenos pedregosos y una ubicación poco favorecedora.
Un cementerio maldito desde el inicio
El cementerio de Playa Ancha fue inaugurado en 1869, destinado principalmente a los más pobres y, posteriormente, a las víctimas de la viruela. Desde el principio, las quejas fueron muchas: la falta de profundidad en las sepulturas permitía que los cadáveres fueran perturbados por animales; las “miasmas” afectaban la salud de los vecinos y la calidad del terreno complicaba los entierros. Apenas siete años después, ya se buscaba desesperadamente un reemplazo.
El nuevo hogar de los muertos
En 1876, la Junta de Beneficencia adquirió terrenos más adecuados en lo que hoy es el Cementerio N° 3. Sin embargo, la transición no fue inmediata. Problemas de financiamiento demoraron su habilitación, y el cementerio de Playa Ancha continuó operando hasta 1894, albergando a más de 60.000 personas en sus 25 años de existencia.
Cuando el olvido cava profundo
Aunque los restos debían ser trasladados o incinerados, los costos evitaron que esto se hiciera. Así, muchos de los cuerpos quedaron bajo el suelo, incluso cuando el área fue transformada en el Parque de Playa Ancha en la década de 1880. Décadas más tarde, el parque desapareció gradualmente, cediendo espacio a instituciones educativas y otras construcciones.
El pasado que vuelve desde la tierra
El antiguo cementerio fue olvidado hasta que las obras de construcción comenzaron a revelar su oscuro secreto. Con el paso de los años, el Parque de Playa Ancha se convirtió en un vago recuerdo, y el antiguo cementerio fue prácticamente olvidado. Sin embargo, su pasado volvió a salir a la luz durante diversas excavaciones. En las obras para construir un nuevo edificio de la UPLA, en el terreno que alguna vez fue el Criadero de Árboles, aparecieron ataúdes y restos humanos. Este inquietante hallazgo no fue el único: en el año 2000, al instalar fibra óptica bajo la vereda, y nuevamente en 2013, durante la ampliación del estadio Elías Figueroa Brander, los trabajos dejaron al descubierto los huesos de quienes habían sido sepultados allí hace más de un siglo.
¿Y ahora qué?
El registro civil de Valparaíso aún guarda constancia de las sepulturas realizadas en Playa Ancha entre 1884 y 1894, antes de que el Cementerio N° 3 tomara su lugar. Hoy, mientras las generaciones actuales de universitarios caminan despreocupadas por el sector, la historia enterrada bajo sus pies nos interpela.
¿Deberíamos rescatar la memoria de este lugar o seguir avanzando sin mirar atrás?
En una ciudad donde cada rincón tiene una historia, Playa Ancha nos recuerda que incluso los muertos pueden tener algo que decir. ¿Estamos dispuestos a escucharlos?
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