Después de esa tarde incómoda con Marilyn y José, no podía sacarme de la cabeza lo que había sucedido. Sabía que mantener aquella mentira oculta era una bomba de tiempo, y, peor aún, no estaba segura de querer mantenerla.
Así que un martes por la tarde, después de darle vueltas al asunto durante días, decidí que tenía que terminar con José. No era justo para él, y sabía que, en algún momento, todo lo que pasó con Marilyn acabaría estallando. Ya había demasiada tensión en mi vida como para añadir una relación basada en secretos.
No fue fácil. José no lo vio venir. Estaba confundido, tratando de entender por qué, después de lo bien que iban las cosas, decidí separarme. Me dolió verlo así, pero sabía que era lo correcto.
Unos días después, en medio de la semana, mi teléfono vibró con una notificación inesperada. Has sido agregada al grupo «Generación 2001 Edo. de la Barra». La opción de bloquear el grupo fue lo primero que pensé. Pero la curiosidad ganó y me puse a sapear las fotos de perfil, pronto me di cuenta de que varios de mis excompañeros de la secundaria estaban ahí. ¿Cómo habían conseguido mi número? No tenía ni idea.
Me quedé revisando las fotos de perfil: algunos de ellos lucían irreconocibles. Habían ganado peso, perdido cabello, o simplemente el tiempo había hecho su trabajo. Pero otros… otros todavía tenían esa esencia que recordaba, aunque sus rostros hubieran cambiado con los años.
En el grupo, la conversación fue rápida: bromas sobre los viejos tiempos, recuerdos compartidos que me costaba ubicar, anécdotas de bares como La Facultad, La Torre o Balmaceda y, por supuesto, la clásica propuesta para una reunión. No pude evitar sentir curiosidad. Aunque no había sido mi época favorita, me preguntaba cómo sería volver a ver a esas personas después de tantos años. Así que, sin pensarlo demasiado y sin demasiados panoramas, acepté.
Una semana después, nos encontramos en el «Bar del Tío», un pequeño lugar que en nuestros tiempos de adolescentes si mal no recordaba había sido sede de un partido político. Al llegar, reconocí a algunos de los que habían estado activos en el grupo: Andrés, que siempre fue el galán simpático de la clase, ahora tenía una pequeña barriga y las canas luchaban contra su natural cabello castaño, pero la misma risa contagiosa de antes; Carmen, que había sido la más seria del grupo, se veía más relajada y feliz.
Nos sentamos en una mesa grande, con cervezas y tragos desfilando entre nosotros. Las primeras conversaciones fueron superficiales, recordando anécdotas escolares y riéndonos de cómo éramos antes. Uno dijo, si pudiera volver el tiempo, sabiendo todo lo que se, ni cagando estudiaba tanto y mejor se hubiera dedicado a hacerle la competencia a Andrés para ver quien salía con más chiquillas del cuarto D. A medida que avanzaba la noche y las bebidas se acumulaban, el ambiente se volvió más relajado, y la nostalgia dio paso a charlas más íntimas sobre lo que había pasado en nuestras vidas desde entonces.
En medio de la reunión, mientras me reía de una broma sobre alguna travesura en clase, mi mirada se cruzó con la de alguien que no había reconocido al principio. Estaba sentado en la esquina, en silencio, observando la conversación con una leve sonrisa. Me resultaba familiar, pero no lograba ubicarlo.
Después de unos minutos, él se acercó a donde yo estaba y, con una sonrisa tímida, dijo: —Valentina, ¿me recuerdas? Soy Sebastián.
El nombre me golpeó como un shot de tequila del Coyote Quemado. ¡Claro que lo recordaba! Sebastián había sido mi mejor amigo, hasta que, por razones que nunca comprendí del todo, nos distanciamos.
—¡Seba! —exclamé, sorprendida—. ¡Claro que te recuerdo! ¡Cómo no!
Nos abrazamos, y durante el resto de la noche, estuvimos poniéndonos al día. Él había cambiado, pero al mismo tiempo, algo seguía siendo igual. Hablamos de nuestras vidas, de lo que habíamos hecho desde que dejamos el liceo, y me di cuenta de lo mucho que había echado de menos tenerlo en mi vida.
Del chico tímido se había transformado en un hombre con una sonrisa que irradiaba seguridad y que parecía invitar a que le contarás todos tus secretos. Supe que estudió derecho pero luego de un par de años se retiró porque descubrió que en realidad lo que le gustaba era enseñar, así que se cambió a pedagogía. —¿En la Upla? Nunca te vi ahí le dije. —No en la Católica— me respondió.
Las horas pasaron volando y el cantinero avisó que era tiempo de la última ronda. Andrés sugirió pedir un Uber e ir todos a su casa, que allá tenía más cervezas y pisco, además de dormitorios y espacio para todos.
La mitad aceptó y el resto se retiró hacia sus domicilios en medio de la oscura bohemia porteña.
Llegamos a su casa, mejor dicho casona, en medio del Cerro Artillería y que fuera colgaba un letrero con el nombre de Hostal del Marino. En medio de risas le preguntamos por qué ese nombre, él nunca había sido marino ni navegado más allá de las lanchas del muelle Prat.
—Es por mi marido, digo ex marido, el falleció hace unos años. —
El silencio se hizo por unos segundos, más que por la noticia del origen del nombre, era el subtexto que implicaba.
Andrés interrumpió de inmediato el silencio con su estruendosa risa.
—SI, soy gay, soy maraco. ¿Acaso no lo sabían?
La risa me invadió, —Pero weón, si te agarrabas a todas las minas, ¿qué te pasó?
—De ahí les cuento. Ahora entremos que el frío está terrible.
Uno a uno comenzamos a subir la estrecha escalera que conducía al hogar y hostal de nuestro amigo.
Lo que pasó esa noche se los contaré otro día. Muack
Valentina es porteña y periodista.
Acaba de volver a Valparaíso luego de terminar sus estudios en España y quedarse algunos años recorriendo el viejo continente. En esta su columna, nos cuenta sus aventuras desde que volvió a nuestro puerto.
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