Este 2 de julio se cumplen 22 años desde que Valparaíso fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un reconocimiento que, en su momento, fue motivo de orgullo y esperanza para una ciudad tan única como herida, tan mágica como compleja. Un título que no solo consagraba su valor arquitectónico y urbano, sino que proyectaba un anhelo: que ese patrimonio se protegiera, se viviera y se potenciara como motor de desarrollo.
Hoy, más de dos décadas después, es inevitable preguntarnos: ¿hemos estado a la altura de ese reconocimiento?
La respuesta es incómoda, pero necesaria. No. Valparaíso ha resistido incendios, abandono, mala gestión, desigualdad territorial, gentrificación y una pérdida sostenida de su población más joven. Su infraestructura patrimonial sigue en riesgo, muchas de sus casas se caen en silencio, y la promesa de una restauración integral parece tan oxidada como los rieles de sus ascensores.
Sin embargo, esta columna no es una elegía. Porque, a pesar de todo, Valparaíso sigue vivo. Vive en sus habitantes, en sus artistas, en quienes defienden sus cerros, en las y los gestores culturales, en quienes escriben, crean, enseñan, rescatan oficios, y en cada persona que decide quedarse cuando todo empuja a irse.
Valparaíso necesita más que una conmemoración cada julio. Necesita una política de Estado clara, ambiciosa y sostenida, que entienda que el patrimonio no es solo el cemento o el adobe: es también el tejido social, la memoria viva y el futuro posible. No puede depender de voluntades momentáneas o parches temporales. El Estado debe asumir su rol con visión, recursos y continuidad. Porque restaurar Valparaíso no es solo preservar el pasado, es garantizar dignidad para su presente.
Y también necesitamos hablarle a otro actor: quienes critican desde la comodidad, pero no hacen nada por la ciudad. Es fácil apuntar con el dedo, ironizar en redes o repetir el discurso del desastre. Pero Valparaíso no necesita más espectadores, necesita protagonistas. Ser porteño —o amar Valparaíso— implica hacerse parte, ya sea limpiando tu entorno, apoyando un emprendimiento local, exigiendo políticas públicas o simplemente cuidando el lugar que habitas.
Tenemos derecho a estar enojados. Pero también tenemos el deber de construir. Que este nuevo aniversario sea, más que una celebración, una oportunidad. Para dejar la queja estéril y abrazar la acción. Para pasar del patrimonio simbólico al patrimonio vivido.
Porque Valparaíso —con toda su belleza rota— todavía puede sorprendernos.
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