Estoy cansado.
Cansado de que hablen mal de Valparaíso por conveniencia, por sacar un titular fácil, por ganar un voto o por hacerle el juego a los que solo quieren vernos como ruinas.
Estoy cansado de esos medios que nacieron aquí, que crecieron con el puerto, pero que ni siquiera son capaces de cuidar sus propios edificios centenarios. ¿Cómo vienen a dar cátedra de patrimonio si ni las paredes de su edificio son capaces de arreglar?
Me revienta esa manía de ciertas fundaciones que Piensan a Valparaíso como si fuera una zona de guerra, un lugar perdido. Es fácil venir, sacar fotos del deterioro, escribir un informe y volver a sus oficinas con financiamiento asegurado. Pero ¿y las soluciones? ¿Dónde están los proyectos reales, la pega en terreno, las ganas de ensuciarse las manos por la ciudad?
Y qué decir de los políticos… De todos lados, de todos los colores. Los que aparecen en tiempo de elecciones como turistas de campaña: una foto en el cerro Alegre, otra en el Concepción, y si se sienten muy extremos, suben al paseo 21 de Mayo. Y después de las elecciones desaparecen, aunque tengan el Congreso aquí mismo, ni los estacionadores de calle Victoria los conocen.
También me hastía ese amor romántico por Valparaíso, el de postal, el que suena bonito en los poemas y en los discursos, pero que no arriesga nada. Amar Valparaíso de verdad es otra cosa: es poner plata donde hay que ponerla, es invertir, es instalar oficinas en la ciudad, es tributar en la ciudad y no en Santiago, es preocuparse de que las calles estén limpias, es dar trabajo. Es estar, no mirar desde lejos.
Somos muchos los que nos la hemos jugado de verdad, desde distintas trincheras. Y hemos perdido plata, tiempo, salud, oportunidades. Pero aquí seguimos, porque Valparaíso vale más que todos esos discursos vacíos.
Así que, a todos los que hablan de esta ciudad: si de verdad la aman, demuéstrenlo. No con frases bonitas ni fotos de campaña, sino con hechos. Porque este puerto ya no aguanta más amores tibios ni críticas de vitrina.
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