Disculpen la demora, pero han pasado cosas en la vida de esta periodista, y les debía continuar la historia. La noche en el Hostal prometía desmadre y confesiones. Apenas cruzamos la puerta, Andrés nos llevó directo a una sala común adornada con cuadros de barcos, timones y hasta un salvavidas oxidado con el nombre S.S. …
Disculpen la demora, pero han pasado cosas en la vida de esta periodista, y les debía continuar la historia.
La noche en el Hostal prometía desmadre y confesiones. Apenas cruzamos la puerta, Andrés nos llevó directo a una sala común adornada con cuadros de barcos, timones y hasta un salvavidas oxidado con el nombre S.S. Libertad escrito con témpera.
—Esto era de utilería de una teleserie antigua. Lo encontré en la feria de Placilla —explicó con orgullo, mientras repartía vasos.
Nos repartimos por sillones, cojines y alfombras como si hubiéramos vuelto a tener dieciocho. Sebastián se sentó junto a mí, y en un rincón alguien puso música de los 2000: Soda, La Ley, Miranda!, y hasta La factoría con su “Perdóname” sonó sin pudor.
Ya pasadas las 3 AM y con el pisco transformándose en confidencias, Sebastián me miró y dijo:
—Valentina, tengo que contarte algo que nunca te dije en el liceo…
Pensé “aquí viene”. El típico “yo también estaba enamorado de ti pero era muy tímido”. Me acomodé como en telenovela de TVN esperando el clímax.
—…Durante tercero medio, yo era quien te dejaba los poemas anónimos en la mochila.
Casi escupo la piscola.
—¿¡Los de letra imprenta con brillitos y stickers de gatitos!?
Asintió serio, mordiéndose el labio.
—Sí. Pero eran reciclados de la revista Tú. Yo solo cambiaba el nombre y pegaba los stickers.
Me dio tanta risa que no pude evitar abrazarlo. ¡Tantos años creyendo que tenía un admirador secreto sensible y profundo, y resulta que era Sebastián, el compañero tímido que cuando se ponía nervioso en las disertaciones se tiraba peos!
Nos reímos como nunca. La madrugada avanzaba y el alcohol hacía lo suyo. En un punto Sebastián me miró y me dijo:
—¿Te acuerdas del himno del liceo?
—¿Cómo olvidarlo?
Y entonces, sin avisar, Andrés apareció vestido con un jumper que no sabemos de dónde sacó, con un pollo de goma en la mano a modo de guaripola (¡¿qué tienen los hombres de mi vida con los pollos de goma?!), y empezó a cantar a todo pulmón el himno:
—Liceanos viriles muchachos…
A eso de las cinco de la mañana, entre bostezos y medias extraviadas, Sebastián me ofreció compartir cama. No hubo tensión sexual, ni frases de doble sentido. Solo dos cuerpos cansados, antiguos cómplices de pasillo, abrazados por el recuerdo de lo que fuimos.
—¿Todo bien si solo dormimos? —me preguntó, con esa voz suave que no recordaba de él, pero que me gustaba escuchar.
—Claro —le respondí, agradecida de que, por fin, alguien no quisiera desvestirme el alma a las tres de la mañana.
Dormimos como dos adolescentes en gira de estudios: entre risas, silencios cómodos y una que otra patada accidental.
Al despertar, ya con la luz del puerto entrando por las cortinas gastadas del hostal, me estiré como gato al sol. Sebastián, despeinado y con aliento a piscola, me miró y dijo:
—¿Nos vemos en unos días más? Podríamos almorzar, sin gente, sin grupo de WhatsApp.
—Me parece perfecto —respondí.
Y mientras bajábamos por la escalera, supe que, a veces, solo basta con dormir acompañado por alguien que conoce tu historia… aunque sea la versión con poemas pirateados de la revista Tú.
Muack.
(Volveré. Lo sabes).




